La historia empieza el pasado viernes 22 de mayo de 2020.

En la madruga me despierto sudando, angustiado y con mucho dolor. Intento conciliar el sueño hasta empezar el día, pero ya desde primera hora de la mañana sabía que me tocaría pasar por la consulta.

Sin embargo, decido esperar. Aguantar el dolor un par de horas para que me atienda mi médico de cabecera, el médico que pasaba consulta por la tarde en el Centro de Salud Alameda. Prefería esperar porque solo estoy seguro con él.

Desgraciadamente, ya te habrás dado cuenta de que estoy hablando en pasado.

Cuando llegué al Centro de Salud todo era raro, pero supuse que era lo normal teniendo en cuenta el contexto social y sanitario que vivimos ahora mismo.

Una vez en consulta, e inquieto por no ver a Manuel, una mujer camuflada cuyo nombre no recuerdo emanaba de su voz «¿no te has enterado?».

Fue en ese preciso momento cuando me convertí en hielo. Pronto empecé a sudar y no necesité más información para intuir todo lo que había ocurrido.

Al salir del centro me encuentro con su emotivo homenaje en el que ni siquiera me había percatado al llegar, centrado en mi propia angustia. Un reflejo de la sociedad egocéntrica en la que nos estamos convirtiendo, incapaces de ver qué ocurre a nuestro alrededor.

Sin embargo, Manuel Garrido no era de esos. Él era de los que traspasaba su papel de médico en una consulta que deja mucho que desear para estar en pleno centro de Madrid; sin ventilación ni luz natural, en un sótano y siempre con la lista de espera a reventar.

Poco después empiezo a investigar y son muchos los medios que hablan de él, sobre su muerte hace ya más de un mes.

Estos grandes medios etiquetan a Manuel como la segunda víctima de Atención Primaria en Madrid por el SARS-Cov-2 y sí sé que todos somos números y somos uno más en una lista de espera. Pero si algo hacía a Manuel especial es que él -aunque lo fueras- no te hacía sentir uno más; te dedicaba su tiempo y, a veces, incluso su paciencia. Por ello, me duele -y mucho- que los medios de comunicación no han profundizado en saber quién era el doctor Garrido y cómo era su espectacular labor.

Si os soy sincero, en mi vida he tenido varios médicos de cabecera y no recuerdo el nombre ni el rostro de ninguno de ellos. Han pasado por mi vida como cualquier otra persona que te cruzas por la calle, sin hacer ruido ni llamar mi atención. Sin embargo, a Manuel lo llevaré conmigo toda la vida.

Solo han sido dos años con él, pero me siento orgulloso y afortunado de este tiempo en el que me he sentido más protegido que nunca por la Sanidad Pública. Aunque, tras su ida, he tenido que volver al médico y me he percatado de que mi pensamiento era equivocado. Realmente no estaba protegido por la Sanidad Pública, estaba protegido por él; por el doctor Manuel Garrido.

Y sí, solo he compartido con él poco más de una hora de mi vida a lo largo de dos años, pero este tiempo ha sido suficiente para saber quién había detrás de esa bata blanca. Mi salud ha estado en las mejores manos con él, y sé que nada volverá a ser igual.

Si has llegado hasta aquí y no has entendido cómo una persona puede llorar por alguien que prácticamente no conoce es porque nos acostumbran a ser uno más en una lista de espera día tras día.

Sin embargo, con Manuel esto no era así. Cada paciente era único y especial, o al menos así nos hacía sentir. Por ello, me siento orgulloso y afortunado.

Desde mi primera consulta pude intuir que no era un médico convencional, y con el paso de las mismas comprobé la gran labor que desempeñaba.

Si hay algo que me ha marcado es su persistencia e insistencia en solucionar cada uno de mis problemas, por mínimo que fuese. De hecho, siempre salía de consulta con la misma sensación; una sensación de sobreprotección en la que mi doctor estaba incluso más preocupado por mí que yo mismo.

Muchas veces tantas pruebas me dejaban preocupado, pero ahora -con la distancia- he podido entender que estaba desempeñando un trabajo brillante; siempre haciendo todas las pruebas necesarias hasta dar con algo. De hecho, su insistencia y dedicación me ha salvado la vida, a mí y a muchas otras personas.

Manuel Garrido se ha entregado en cuerpo y alma con cada uno de nosotros, hasta dar su vida por protegernos.

Para su familia y amigos toda mi energía, porque yo pierdo a un gran profesional -el profesional con el que me he sentido más seguro y protegido que nunca-pero ellos también pierden a una buena persona, y esto es algo que cada día es más difícil de encontrar.

Cuando esta crisis sanitaria pase (y pasará) lucharemos en su honor para bautizar la plaza cercana al Centro de Salud de Alameda. Espero que los vecinos del Barrio de las Letras se impliquen en la lucha por la persona que tanto nos ha protegido en los últimos dos años.

Sin ti, Alameda no volverá a ser lo mismo.

Manuel Garrido